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Incentivar la participación de la comunidad

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Cuando la sociedad exige una mayor participación y transparencia, las empresas, desacreditadas por herencia de malas prácticas, deben asumir que el diálogo temprano y permanente es una de las vías para lograr sus objetivos de negocio.

Las manifestaciones ciudadanas dejaron de ser hechos aislados, las comunidades se han empoderado y en los últimos años hemos sido testigos de cómo los actores sociales se han organizado para cumplir sus propósitos colectivos, y que en la mayoría de las oportunidades trascienden los intereses económicos. ¿Los principales “perjudicados” con esta osadía social? Empresas, proyectos y, en algunos casos, las mismas autoridades y la institucionalidad.

Buscan ser escuchados y considerados; la mayoría de las veces, a punta de denuncias y movilizaciones transmiten su descontento, logrando de este modo la adhesión de la opinión pública local y nacional. Así, a ojos de los chilenos, las empresas siguen siendo un actor avasallador, egoísta y poco consciente, con una evidente consecuencia para ellas: su valoración reputacional se va en picada.

No importan las políticas declaradas en documentos, en reportes de sustentabilidad o discursos; cuando se desata un conflicto ambiental o comunitario, las empresas quedan sumidas en un desprestigio y daño de su imagen, son juzgadas por una opinión pública “indignada” y empoderada. Cualquier declaración que los ejecutivos emitan en su defensa será considerada poco creíble, y el efecto es aun mayor con la caja de resonancia en que se han transformado las redes sociales.

¿Cuál es la lección que debemos rescatar de los conflictos en los que se han visto involucrados diferentes empresas y proyectos de inversión en nuestro país? Que deben atender de forma permanente y temprana las inquietudes de las comunidades vecinas. Aunque parezca reiterativo, las relaciones comunitarias no se desarrollan únicamente durante los procesos de evaluación ambiental, sino que deben sostenerse en el tiempo, logrando acuerdos a largo plazo mediante un diálogo permanente. La comunicación temprana y transparente tanto con autoridades como con las comunidades es vital, pues la mayoría de los conflictos se han visto potenciados por mitos propios de la industria y por la desinformación.

La voz de las comunidades se hace sentir y estas deben ser oídas. La “estrategia” de hacer oídos sordos a las demandas ha quedado en el pasado. Hoy la realidad es otra y las empresas deben trabajar en una lógica de valor compartido: obtener los resultados esperados, pero jamás dejar de considerar los planteamientos de los vecinos.

Cuando la sociedad exige una mayor participación y transparencia, las empresas, desacreditadas por herencia de malas prácticas, deben asumir que el diálogo temprano y permanente es una de las vías para lograr sus objetivos de negocio. Pero esto no debe ser solo una declaración de intenciones, sino que debe estar sustentada en políticas y planes efectivos que permitan la generación de valor compartido, para que ejemplos de paralizaciones y judicializaciones no se sigan repitiendo.

En los tiempos que corren, es imposible tener la certeza de que si las empresas hacen todo lo que corresponde, se relaciona desde etapas tempranas de manera horizontal y transparente con la comunidad; si se hace cargo de sus impactos negativos y amplifica los efectos de los impactos positivos -como el empleo- y trabaja en conjunto con la comunidad en generar valor compartido para todos, se va a poder necesariamente concretar un determinado proyecto. Pero sí podemos tener la certeza de que esta es la única forma de reducir la incertidumbre que hoy se ciñe sobre las empresas.