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Camino hacia los beneficios compartidos, ¿el fin de la RSE?

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Asociada en un comienzo a un concepto altruista, hoy los especialistas prefieren hablar de una mutación de dicho enfoque, cuya orientación está relacionada a la generación de valor colectivo.

Considerada como la actividad que genera el sueldo de Chile, la minería es percibida como un sector que produce oportunidades para el desarrollo de las comunidades debido principalmente a los atractivos salarios que reciben sus trabajadores, asociados a la necesidad de contar con personal altamente calificado que labora en lugares alejados y en condiciones climáticas adversas. Así, por ejemplo, y de acuerdo con las cifras que entrega la consultora Hays, el sueldo promedio de un minero es de aproximadamente $3,9 millones mensuales.

Sin embargo, diversos actores concuerdan que esta realidad es solo una cara de la moneda, porque el crecimiento de esta actividad también está asociado a impactos sociales, ambientales y económicos como serían la exclusión, la inequidad en la distribución del ingreso, la segregación territorial o la baja participación, y cuyos síntomas no se resuelven solo con una suma salarial atractiva.

Antofagasta es la ciudad más rica del país en términos de ingresos, con un Producto Interno Bruto (PIB) per cápita de US$34.186, cifra que se acerca a la que poseen países desarrollados como el Reino Unido. Sin embargo, también presenta las secuelas de una ciudad degradada con las mayores tasas a nivel nacional de suicidio juvenil, depresión, drogadicción y delincuencia.

¿Cuáles son las razones para que teniendo una de las industrias más prósperas se produzca esta dicotomía? ¿La Responsabilidad Social Empresarial o RSE puede ser un mecanismo que permita resolver estas problemáticas? ¿Cómo este escenario ha hecho que el concepto de RSE esté en retirada y surjan nuevos modelos de gestión social?

Para algunos especialistas la dualidad que genera la minería en el entorno se debe a la naturaleza extractiva de la industria, “que va al corazón del recurso y te lo llevas”, explica Francisca Rivero, directora de Fundación Avina en Chile, quien añade que esta realidad tiene mucho que ver con nuestro periodo de colonización, cuando los españoles venían a América Latina a buscar oro y a “hacerse la América”, una imagen que quedó instalada en nuestra cultura.

“Piensa lo que pasó con el salitre…se extrajo hasta que se acabó, y ahora vas a esas zonas y está muerto. Nada se tradujo en riqueza ni en calidad de vida para la región. De hecho, como la actividad salitrera no generó una industria o fábrica de segundo orden, esas personas tuvieron que emigrar hacia otros lugares como Santiago, quienes terminaron por ubicarse en zonas periféricas de la ciudad capitalina”, indica Rivero.

Producto de esta situación, la directora de Fundación Avina Chile comenta que paulatinamente las empresas mineras fueron evolucionando y su desempeño es en la actualidad bastante distinto a lo que fue hace unos años. “Hoy día están mucho más atentos a una minería responsable”, asegura.

 

La evolución de la RSE

El concepto de la RSE llegó hace unos diez años al país, vinculado más bien a la lógica de la filantropía privada, modelo que se siguió implementando debido a su fácil aplicación, pues para la compañía no comprometía el negocio.

Una de las tradicionales acciones filantrópicas –explica Francisca Rivero– que realizaba una empresa que llegaba a un lugar consistía en la construcción de escuelas para resolver desafíos de cobertura educacional. “Pero este tipo de obras es una forma de mitigación, porque no se están comprometiendo con una educación de calidad. Que se tenga una u otra escuela no hace la diferencia, la diferencia sería tener mejores profesores”, dice.

En esta línea, una iniciativa que destaca la especialista es el Programa Mejor Escuela, impulsado por Fundación Chile, y apoyado por mineras como Codelco, Collahuasi y BHP Billiton, el cual busca contribuir a mejorar las oportunidades de aprendizaje de los alumnos en situación de vulnerabilidad y demostrar que estos pueden incrementar sus logros académicos. Su estrategia se basa en la asesoría directa a los docentes y directivos de los establecimientos educacionales.

Rodrigo Rivas, consultor de Valor Estratégico, manifiesta que la responsabilidad social en el ámbito minero es un primer esfuerzo de las compañías para comenzar a mirar más allá de sus operaciones y del aporte que hacen en materia de empleo. “Empezaron a observar que existían comunidades que tenían necesidades, problemas y preocupaciones asociadas a la actividad industrial. Frente a ello, las compañías comenzaron a incorporar las variables comunitarias, en un comienzo con un enfoque bastante asistencialista, no inclusivo; y ambiental, es decir, comenzaron a ver más allá de los impactos ambientales que generaban las operaciones”, sostiene.

El abogado especialista en temas de sustentabilidad Juan Pablo Schaeffer afirma que las compañías pasaron por el principio de cumplir con la regulación a un concepto de RSE, el cual fue entendido en un comienzo como donaciones que ayudaban a mejorar la calidad de vida de los distintos grupos de interés. “Sin embargo, en la actualidad estamos pasando a una segunda etapa, la cual consiste en el trabajo articulado y colaborativo entre todos los actores para la generación de valor”, puntualiza.

 

Creación de valor

Existe consenso entre los expertos en que el concepto de RSE está mutando, lo cual es considerado como positivo, porque ya no está respondiendo a requerimientos filantrópicos e individuales, sino que está adoptando una mirada más regional y territorial. En dicho sentido, la clave es el diálogo que se debe generar entre los diferentes actores para establecer una visión colectiva sobre el territorio, con el objetivo de originar un plan que permita potenciar sus ventajas competitivas.

Francisca Rivero sostiene que se debe entender que la minería no es sinónimo de impactos negativos, sino cuna de oportunidades para el desarrollo de un país. Pero para que el daño se transforme en una oportunidad, lo que se debe hacer es generar un espacio de interlocución con todos aquellos actores que forman parte del desarrollo, que no son solamente el Estado y la empresa, sino además las comunidades y las organizaciones, considerando los componentes del territorio.

Schaeffer enfatiza que lo que se necesita es un plan, una articulación pública y privada sobre el territorio, ya que al lograr dicha asociatividad llegarán recursos privados y públicos, y de acuerdo con la cantidad que exista se podrán priorizar los proyectos más importantes para la comunidad como un todo.

 

Creo Antofagasta

Una de las iniciativas que presenta esta visión integral del territorio y de sus actores es el Programa Creo Antofagasta, impulsado desde 2011 por el gobierno regional, la Municipalidad de Antofagasta y BHP Billiton.

Por una parte, la compañía minera necesitaba incentivar a los trabajadores a quedarse en la región junto a sus familias y, según Rivero, se dieron cuenta que el core business se vería afectado en el mediano plazo si existía una intervención estratégica del territorio. “Por ejemplo, si existe un deterioro en términos de niveles de delincuencia y drogadicción en la ciudad de Antofagasta, y no existe un trabajo sobre ello, no voy a tener calidad de mano de obra cuando la industria lo requiera”, dice la directora de Fundación Avina.

A la fecha Creo Antofagasta posee un Consejo Público Privado (CPP), el cual ya lo integran más de 35 instituciones representativas de la comunidad, tales como universidades, organizaciones civiles, empresas, autoridades regionales y locales. Entre las compañías mineras que participan del CPP se encuentran Antofagasta Minerals, Barrick-Zaldívar y Minera Escondida.

La iniciativa siguió el modelo que se implementó en Bilbao, España, que incorporó a la ciudadanía en el nuevo diseño de planificación urbana. Tiene como objetivo mejorar las condiciones urbanas para sus habitantes, a través de una serie de acciones pensadas y ejecutadas en un periodo aproximado de diez años, entre las cuales se incluye la creación de una nueva playa artificial y el embellecimiento de Avenida Brasil, uno de los principales ejes de la ciudad.

 

¿RSE en retirada?

¿Este cambio de concepción sobre la Responsabilidad Social significa su fin? Los especialistas prefieren utilizar los términos de mutación o evolución del sentido de la RSE, es decir, de una visión altruista a un modelo integral y colectivo sobre el uso del territorio, en el cual el beneficio es compartido.

Para Schaeffer da lo mismo cómo lo llamemos, lo importante es que demos el paso siguiente. Ya no es el proyecto individual en que la empresa trabaja con una comunidad o gobierno específico, sino cómo todos se articulan. “Siento que tenemos que pasar de la judicialización y conflicto, a la lógica de la articulación y beneficio para todos. Si nosotros somos exitosos en esa fórmula, vamos a lograr disminuir la judicialización. Si bien sus causas son muchas, una de ellas se relaciona con la falta de diálogo y articulación”, concluye.